Casa de fin de semana en la bodega de una casa burguesa inscrita en un entorno rural, de principios del siglo XX. Se trata de un cuerpo funcionalmente anexo, integrado en la composición general de la casa: cuerpo central y dos alas laterales. El espacio a reformar se desarrolla linealmente en uno de los laterales que contenía un pequeño apartamento de masoveros, y las tinas y almacenes para la elaboración del aceite y el vino de la finca.
La propuesta mantiene las tinas de la zona central, elevadas sobre el terreno y ambas ventanas de carga y descarga, dejando dos espacios a doble altura en cada uno de los extremos, en coincidencia con las generosas puertas abiertas hacia el exterior.
Cada una de las piezas componentes tiene salida directa al jardín, los dormitorios a través de las antiguas ventanas. Por eso se disponen unas escaleras exteriores de madera adosadas a la fachada, que evocan elementos del mundo rural como cajas artesanales de fruta o jaulas para conejos.
La introducción de nuevos usos lleva a diferenciar las nuevas aperturas, cuadradas y con un diseño específico que saca provecho del espesor de los muros. Se componen de vidrio en el exterior y contraventana en el interior de forma que, haciendo evidente el grosor murario, permite todas las posiciones posibles de ventilación e iluminación.
El interior se trata como contenedor unitario, articulado en el punto central con el mueble de las habitaciones y el baño, y conteniendo al final espacios a doble altura que evitan la unidireccionalidad y se constituyen en dos polos de actividad que equilibran los extremos, problema recurrente en las disposiciones lineales.