Situada en la zona portuaria de Barcelona, la Nova Aduana se encuentra en el área de expansión de los nuevos muelles de carga y descarga y sustituye a la antigua aduana, instalada en un edificio del siglo XVIII cercano al Port Vell. La nueva construcción buscaba monumentalizar la entrada marítima a la ciudad y, al mismo tiempo, pretendía racionalizar las operaciones de control y tasación de mercancías.
En este proyecto Sagnier tuvo la colaboración del arquitecto Pere Garcia Fària, especialista en el saneamiento de la ciudad e ingeniero de caminos, canales y puertos. El encargo fue formulado en 1890, pero el proyecto no fue aprobado hasta 1895, después de sufrir muchos obstáculos y reformas, ya que al tratarse de un edificio público controlado por el Estado su traza había de ser aprobada por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El edificio adopta una disposición en planta en forma de H, ya que la idea inicial de los técnicos de aduanas era que las mercancías entraran por uno de los extremos, pasaran por el salón de reconocimientos y salieran por el otro extremo, pero en la práctica su utilización no pudo ser tan racional, debido a los trámites burocráticos.
Exteriormente el edificio adopta un aspecto monumental, con ciertas resonancias de la arquitectura centroeuropea, especialmente en la fachada que da a la ciudad, mientras que por el lado de los muelles las líneas arquitectónicas son más sobrias. Como en otros proyectos, Sagnier evita el efecto de monotonía de la fachada principal mediante la combinación de líneas horizontales en el ático y verticales en las ventanas de la planta principal, con los contrapuntos de los dos cuerpos laterales y, especialmente, con el núcleo central que acoge el acceso. Este cuerpo central, donde aparece la inscripción “Aduana” en severas letras capitales, concentra la mayor parte del trabajo escultórico y está coronado por un escudo de España y dos grandes águilas, obra del escultor Eusebi Arnau, mientras que en cada extremo se encuentran cuatro grius o leones alados. Las crónicas de la época criticaron las excesivas proporciones de estos elementos decorativos "pertenecientes a la fauna" y el hecho de que el edificio no expresara con claridad su destino.